Manejar en un Santiago de Chile en fin de semana largo (4 días para muchos) es un verdadero agrado. Hoy me demoré 10 minutos desde mi casa a la del gringo (la nada misma) y ayer encontré estacionamiento cerca del Eve, que no estaba muy lleno.
Hace como 20 años que no iba al Eve y volver ahí para mí fue muy revelador. Repentinamente caí en la cuenta de todas las cosas que han cambiado en mi vida.
En esa época iba cualquier día de la semana en los veranos, con mi prima y sus compañeras de curso, a dedo, no miraba la hora y la entrada costaba cinco lucas. Ayer fui un sábado de diciembre, con los compañeros de trabajo de mi pololo y él, manejando mi propio auto (automático y sedán), miraba la hora en mi reloj Longiness y la entrada cuesta diez lucas (pero no la pagué porque estaba en la lista).
Hace veinte años, yo era una quinceañera irresponsable. Era sólo una promesa de ser humano, un conjunto de potencialidades: una excelente alumna en uno de los mejores colegios de provincia y sentía que mis posibilidades eran infinitas, pero jamás imaginé llegar al lugar en que estoy.
Ahora soy una profesional que con su trabajo aporta al bien común, paga impuestos y con sus acciones y elecciones influye en la vida de otros. Alguien a quien las personas recurren para pedir consejos, consuelo, orientación o amistad.
En veinte años mi carácter ha cambiado mucho: me he vuelto menos tímida, menos insegura, menos agresiva (tenía un genio del demonio), un poco menos impulsiva y menos irresponsable. Aunque aún conservo algunos de esos rasgos adolescentes en la medida en que no me impiden desempeñar mi papel como integrante productivo de la sociedad.
¿Cómo será mi vida en 20 años más?