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lunes, 20 de septiembre de 2010

Las Cruces - Bicentenario 2010

Parque Ecopoético - Las Cruces

Este fin de semana, celebración de las Fiestas Patrias y Bicentenario de la Junta de Gobierno de Chile, fue el mejor de mi vida. Fui a Las Cruces con el gringo y su familia gringuística. Su mamá estuvo de cumpleaños el 18 y recibimos de visita a su hermano con su familia el 19.

Hormonalmente no fue el mejor fin de semana de mi vida, más bien uno de los peores. La jaqueca me persiguió sábado y domingo, además, el viernes me sentía horriblemente mal del estómago por haber comido un burrito el miércoles antes de entrar al cine con mis amigas. Resultado: todo el mundo preocupado de qué iba a comer la princesa. Me carrrrrrrrga molestar, me sentí peor. En fin, la abuelita del gringo me hizo una ensalada especial para que no me molestara el estómago y ella no es de las personas que quiere a cualquiera, sino que es bastante selectiva.

El gringo me llenó de atenciones, llevándome el desayuno a la cama 2 días (un día lo hice yo por él en retribución) y preocupándose constantemente por mi salud, por cómo me sentía, por mi persona en general y besándome en las mejillas y en la frente cada vez que se daba la ocasión.

Pero no todo son rosas en el Paraíso. Una vez más la embarré, no conté bien uno de mis medicamentos para el corazón y me faltó, no fue demasiado grave, porque no me pasó nada, pero ya me había pasado antes y el gringo se preocupó por mi falta de responsabilidad ¿Cómo le confías tus hijos a alguien que no puede cuidarse a sí misma? Últimamente no logro concentrarme en los detalles, conté bien uno, pero no el otro y, en realidad, no creo que mis medicamentos sean lo más importante, pienso que esa es la base del problema. He estado enfrentando serios problemas de autoestima. Pero eso no es materia para este post.

Fuimos un día a caminar por la playa hasta el parque Ecopoético (en Las Cruces vive Nicanor Parra), que son como 45 minutos de caminata para mí, sólo de ida, el gringo siempre estaba preocupado de que yo me sintiera bien, de que no se disparara mi corazón, de mi bienestar. Y el resto de los días salimos a caminar, por lo menos, una vez. Buen ejercicio y excelente vista y paseo.

Hubo muchísimas cosas ricas de comer y varios asados, pero yo no pude comer sino pollo y ensaladas. Eso me sirvió para darme cuenta de que no necesito comer hasta reventar para pasarlo bien. Fui feliz con él a mi lado.

Rellené y decoré con coco la torta de la Tía Carolita, comí un poco de relleno, es verdad, pero casi todo fue a parar a las hojarascas que había traído ella desde Santiago. Ella hizo una exquisita mezcla de pasta de lúcuma, manjar y crema, en las cantidades justas. Y se preocupó de que yo comiera un pedacito todos los desayunos.



El gringo salió a trotar con su hermano chico por la playa y yo me quedé contemplando el mar. Los días estaban tan claros y el paisaje tan despejado, casi no ví gente.

Tuve maravillosos tres días de sol, aire limpio y mar. Algo así es impagable, puedo morir tranquila, conocí el Shangri-Lá.

Te quiero mucho, gringo, gracias por invitarme. No tengo palabras para agradecer todo lo que me das.

lunes, 16 de febrero de 2009

Las Cruces II

El fin de semana del 14 de febrero fui a Las Cruces. Pero no fue un viaje cualquiera, el gringo me presentó ante su familia como su polola en forma oficial.

Debo confesar que me sentí un poco apabullada cuando me esperaron todos en la terraza y ví que tenían cóctel antes del almuerzo para recibirme. Estaba un poco nerviosa, pero supongo que el exquisito pisco sour del tío contribuyó a que me relajara.

El gringo me tenía un tremendo ramo de claveles rojos y amarillos de tallo larguísimo por el día de San Valentín. Yo por mi parte, le entregué un marco con una fotografía que nos tomaron en la Plaza de la Revolución.

Después de un almuerzo riquísimo y más que abundante, dormimos siesta y nos fuimos a la playa. Esta última estaba repleta, pero no fue desagradable, al contrario, me encantó ser parte del tumulto y oir las conversaciones, ver los juegos de los niños y un perrito callejero que entraba y salía del mar para buscar un palo que ellos le tiraban y respirar el aire marino.

El mar en Las Cruces es precioso, el agua es verde y se disgrega en espuma blanca al reventar sobre las rocas. No será muy tibia el agua, pero es mucho más entretenido de ver que los mares de Centroamérica con tu quietud exasperante.

No sé qué he hecho para merecer tanta atención (seguramente nada, es sólo que soy la mujer más afortunada del mundo), el gringo me llevó en la noche a comer al Hotel Las Cruces con velas, flores y una preciosa vista al mar. Además tocaron mi canción clásica favorita: El Bolero de Ravel, y una selección de valses y otros por la orquesta de André Rieu.

La comida estaba exquisita, pero demasiado copiosa para mi estómago, con la entrada de locos ya quedé bien y el segundo plato era una fuente (sí, fuente no plato) de corvina margarita (bañada en una salsa de mariscos). Sólo pude comer los mariscos, la corvina apenas la probé).

Luego fuimos a caminar en medio de los actos finales de celebración de la semana crucina. Mucha cueca y demases a todo volumen, era agradable pero un poco ruidoso. Fuimos a la feria de artesanía a ver si encontrábamos al gringo del medio y su polola, así fue y estuvimos con ellos un ratito, por supuesto que me tenté y me compré un collar y regalos para los niños. Soy una consumista compulsiva que se mantiene a raya por la razón o por la fuerza del presupuesto.

Nos encaminamos a un pub y cuando llegamos no había mesas, nos arrimamos a una que nos "prestó" un grupo y como había karaoke, canté un poquito. Era la clásica y últimamente sobrevalorada música de los 80 en su máxima expresión: el rock latino. En 25 minutos no llegó la carta, así que enfilamos hacia la casa. Aún nos quedaban un par de cosas por hacer antes de dormir...

Feliz día del amor, gringo. Gracias por un fin de semana excelente.